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Hubo un
hermano,
que cuando
predicaba,
muertas no
eran sus palabras…
Dios lo
acompañaba.
Había
gente que se sanaba,
de heridas
que fuerte duelen,
y de
heridas que no matan,
al cuerpo
que en el mundo se duele.
Cuando mi
amado hermano,
llegaba
(quizás no me comprendas),
antes de
verlo sabia,
que era mi
amado hermano. |
Pero un
día se confundió,
fue el
dinero y su dolor,
fue la
ausencia, y el cansancio,
¡Pero aun
está a tiempo!
Cada
segundo es el momento
de en Dios
creer. Mi amado
hermano a
Dios el regreso,
bríndale,
allí está la salvación. Javier R. Cinacchi |