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Se fueron
marchando uno a uno,
cada cual
arrojando su piedra,
no a la
pecadora sino al suelo,
en el
silencio de la vergüenza.
Se fueron
marchando uno a uno
los que la
condenaban,
los que no
sabían del amor,
los que
sin entender repetían:
“Maestro,
esta mujer ha cometido adulterio”.
“Que
arroje la primer piedra – dijo Dios -,
el que
nunca ha pecado.”
Fue
entonces que nadie respondió. |
Ante el maestro que mucho amaba,
uno a uno
se fueron marchando…
Desde los
viejos a los postreros,
todos los
que condenar buscaban.
Y la
mujer, no se ha marchado…
“Mujer ni
yo te condeno,
vete y no
vuelvas a pecar.”
Dijo el
único digno de juzgar.
Javier R. Cinacchi |