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Algunos pobres
trabajadores argentinos, en invierno
Invierno no
es la estación preferida,
de los
honestos y pobres en Argentina.
El frió y
humedad enferman,
acometiendo
traicioneros a la familia.
Sinfonía
desarmonizada de tos
es percibida
al transitar por la ciudad,
las calles
de Buenos Aires son,
empañadas
por el melancólico rocío.
Las veredas
se vuelven solitarias,
aunque la
vida se escucha al pasar,
cerca de los
que se cobijan en su hogar,
cuando el
invierno en furia golpea.
Tiritantes
parecieran, los cuerpos del cielo,
en noches y
madrugadas no grises y claras,
donde los
perros casi no ladran,
donde todo
lo envuelve manto de silencio.
Por las
mañanas recuerdo,
el lugar de
trabajo. A veces es el caso,
de fabricas
viejas al viento descubiertas,
infaltable
el mate y la radio… si te dejan.
Generalmente
los ojos que observas,
se ven
vivos, brillantes y casi con una lagrima,
mientras se
siente pequeña melancolía al estar,
en donde el
frío te enrojece la faz pálida. |
Y al caminar en aquellas mañanas,
invernales por excelencia,
el invierno a la piel se clava,
mientras se apura el andar.
Invierno que volverá,
cada año a mostrar su poesía,
cotidiana en las vidas,
de los pobres en especial.
Si hay algo que a los argentinos
nos ayuda a pasar el invierno,
es el calor que poseemos,
en nuestro palpitante pecho.
Algunos pobres trabajadores
argentinos, en invierno,
sufren del frío, la escasez,
y lo peor: a veces el olvido.
Un te caliente,
el arreglo de una ventana rota,
un poquito mas por cada hora,
ni siquiera, a veces, la ropa…
Javier R. Cinacchi |