Un joven, estudiante de letras, apuesto;
se enamoró de una mujer de bello cuerpo.
Juntos, salieron y se conocieron,
parecía el amor vencería cualquier barrera...
pero el estudiante le planteó preguntas,
en forma de un pequeño poema:
"En tus marcadas y firmes curvas,
absorta mi mirada, eterna puede naufragar.
Pero dime: ¿Cómo será nuestro cotidiano amar?
¿Será tan marcado? ¿Será tan firme?
Quiero amarte por todo lo que eres,
además de por la riqueza que posees.
En tus finos, imponentes y rosados labios;
cuando se entreabren, al verme, como en un beso;
mi corazón canta en gemidos con lentos y fuertes latidos;
por rozar siquiera, prontamente, mis labios en los tuyos...
Pero dime: ¿Será así el destino de nuestro hablar?
¿Deseosos de cálidos encuentros, o sin podernos comunicar?
Y cuando hayamos descubierto,
los secretos, en disfrute de nuestros cuerpos,
cuando entre ambos, de memoria nos conozcamos.
Dime: ¿La belleza, fuera de las apariencias,
aun nos unirá con irrompibles elásticas sogas?
Esas... que si hay ausencia, lloras..."
Y la chicha le respondió al chico: "¡malo y tonto!".
Pero él se dio cuenta, pese a su dolor, de haber sido sabio.
Al tiempo, se enamoró nuevamente de otra mujer.
Trémulo de temor, le relató idéntico poema.
La chica sonrió, y fue un amor más allá de las apariencias,
en comprensión, se prolongó hasta la ancianidad,
cómplices de la vida, en amor y amistad.Javier R. Cinacchi